¿En
qué creemos?
La semana pasada presenté
la continuación del relato que el Padre José Maniyangat hizo de su visita al
cielo y al infierno, cuyo final a continuación presento:
“Mientras mi cuerpo estaba
en el hospital, el médico terminó todos los exámenes necesarios, y dictaminó
muerto. La causa de la muerte fue hemorragia. Notificaron a mi
familia, y como estaban muy lejos, el personal del hospital decidió llevar mi
cuerpo muerto a la morgue. Como el hospital no tenía aire acondicionado,
sabían que el cuerpo se iba a descomponer rápidamente. Mientras llevaban
mi cuerpo muerto al depósito de cadáveres, mi alma volvió al
cuerpo. Sentí un dolor atroz, tenía muchas heridas y huesos
rotos. Empecé a gritar, la gente se asustó, y gritando salió
corriendo. Una de las personas se acercó al médico, y le dijo: “el cuerpo
muerto está gritando”. El médico vino a examinar mi cuerpo, y
comprobó que estaba vivo. Así que dijo: “el padre está vivo, es un
milagro, llévenlo de nuevo al hospital”.
Ahora, de vuelta en el
hospital, me hicieron una transfusión de sangre, y me llevaron a cirugía para
reparar los huesos quebrados. Trabajaron en mi mandíbula, costillas,
pelvis, muñecas, y pierna derecha. Después de dos meses, me dejaron salir
del hospital, pero el médico traumatólogo dijo que nunca más podría
caminar. Entonces le contesté: “el SEÑOR que me devolvió la vida, y
me envió de nuevo al mundo, me curará”. Una vez en mi casa, todos
rezamos por un milagro. Sin embargo, después de un mes, cuando me sacaron
el yeso, todavía no podía moverme. Pero un día, mientras rezaba,
sentí un dolor espantoso en la pelvis. Después de un ratito,
desapareció todo dolor, y oí una voz: “Estas curado. Levántate y camina”.
Sentí paz, y el poder sanador en mi cuerpo. Inmediatamente me levanté y
caminé. Alabé, y le di gracias a DIOS por el milagro.
Le avisé la noticia de mi
cura al doctor, y quedó asombrado. Me dijo: “Tu DIOS es el DIOS
verdadero. Debo seguir a tu DIOS”. El médico era hindú,
y me pidió que le enseñara sobre nuestra Religión. Después de
estudiar la fe, lo bauticé y se hizo Católico.
El 10 de noviembre de
1986, siguiendo el mensaje de mi ángel de la guarda, llegué a los Estados
Unidos como sacerdote misionero. Primero, desde 1987 a 1989, trabajé en
la diócesis de Boise, Idaho, y después, desde 1989 a 1992, como director del
Ministerio de los Presos, en la diócesis de Orlando, Florida.
En 1992, fui a la
diócesis de san Agustín, en donde, por dos años, me asignaron
a la parroquia de san Mateo en Jacksonville. Más tarde, desde
1994 a 1999, me nombraron vicario parroquial de la Iglesia de la
Asunción. En 1997 quedé incardinado, como miembro permanente
de la diócesis. Desde junio de 1999, he sido pastor de Santa
María Madre de la Misericordia, Iglesia católica en Macclenny, Florida.
También soy capellán católico de la prisión del estado de Florida, en Starke,
Union Correctional Institution, en Raiford, y del hospital Northeast Florida
State, del estado de Florida en Macclenny. También soy director
espiritual diocesano de la legión de María.
El primer sábado de cada
mes, en mi parroquia, Santa María Madre de la Misericordia, dirijo un
ministerio Eucarístico y sanador. La gente viene de toda la
diócesis, de muchas partes de Florida, hasta de fuera del estado.
Me han invitado a dirigir el ministerio sanador en otras ciudades importantes
de los Estados Unidos: New York, Philadelphia, Washington, San José, Dallas,
Chicago, Birmingham, Denver, Boise, Idaho Falls, Miami, Ft. Lauderdale,
Poolsville; y en muchos otros países: Irlanda, España, República Checa, La
India, Francia, Portugal, Yugoslavia, Italia, Canadá, México, Islas Cayman,
Islas Hawaianas.
Por medio de este
ministerio Eucarístico-sanador, he visto a mucha gente curarse física,
espiritual, mental y emocionalmente. Gente con diferentes enfermedades
tipo: cáncer, sida, artritis, problemas del corazón de la vista, enfisema,
asma, dolores de espalda, sordera, y muchos otros han quedado totalmente
curados. Además, varias veces durante el año conduzco un especial
servicio curativo para sanar el árbol de familia, en el que el efecto de los
pecados ancestrales bloquea a la persona, y ella recibe una total
sanación. La Escritura dice, (Éxodo, capítulo 34, versículo 7),
que castiga la iniquidad del pecado, de los padres en los hijos, y en los hijos
de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Así que, en muchos
casos necesitamos sanación generacional. Los médicos, y los remedios no
ayudan a curar ciertas enfermedades causadas por nuestro árbol de familia”.